Entre los ingredientes básicos, siempre hay uno del cual nos olvidamos. Este es el humor. La pizca del humor es muy importante. La medida de moderación es importante, como también es la perseverancia.
Lo que muy a menudo sucede es que cuando el niño viene a nosotros, comportándose como tal, tratamos de eliminar todos los rasgos de niñería. No solamente las malacrianzas, sino también el jugueteo, la maravilla y la alegría. Mi teoría es que no debemos de matar al niño interior. No debemos esconderlo. Lo que tenemos que hacer es enseñarlo a que no sea tan malcriado. Que sepa tener sus buenos modales, pero también que algunas veces podamos ser como niños con nuestros hijos, pero en la forma positiva de poder jugar con ellos, de poder reírnos de una bobería que puedan haber dicho el de bailar con ellos los viernes por la noche como hacia con mis hijos.
Yo ponía la música y estaba cocinando, y todos estábamos alrededor de la cocina y nos poníamos a bailar. Eran chiquititos. Y gracias a Dios lo he podido recrear con mis nietos. Esto me hizo brotar lágrimas de alegría de mis ojos. Hace unos años, yo estaba en casa de mi hija en Boston, y Gabriela, mi nieta, que entonces tenía 2 añitos, vino hacia mí después de haber puesto la radio. Inmediatamente se puso a bailar con mi hija y su esposo. Sin yo tener que decirle nada a mi hija ella me dijo “¡Es que esto lo hacemos todos los viernes!”
Muy a menudo, estos rituales familiares nos dejan sus huellas, de la forma más inesperada. Cuando pienso a esta hija mía y a mis nietos bailando en la cocina me emociono, pero sobre todo lo encuentro tan simpático.
Así ven como estos juegos, estos bailes, ayudan a los niños a identificarse con su mama y su papa. Es muy importante el bailar en familia, sanamente, y buscar esos rituales familiares que ocurren los viernes por la noche. Pues jugar con tus hijos no solo te ayuda a conectarte con tu familia, sino también a conectarte con tu niño interior.
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